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| Sábado, 14 de septiembre de 2002 |
| La
salida estaba prevista a las 12,50 pero hubo un retraso en
el vuelo, de esos que se dan una de cada diez mil veces, saliendo
a las 17,30. Esto supuso perder un día pues teníamos
que haber llegado a la hora de comer y lo hicimos a las 19,30
que en PR es hora de cenar. El
aeropuerto
de San Juan (Luis Muñoz Marín)
es modesto. No está mal para un país tan pequeño.
Pero no puedo pasar por alto un detalle con el fin de avisar
a los posibles viajeros; coger un carrito para transportar
las maletas cuesta un dólar (no reintegrable) y sólo
servirá para recorrer medio aeropuerto porque, llegados
a un punto, un empleado nos dirá que abandonemos
el carrito. El resto del camino que nos lleva a la puerta
(pasillos y escaleras) de salida deberemos cubrirlo cargados
como mulas.
Lo
primero que vi al salir del aeropuerto fueron esos coches
(ellos dicen carros). Bastante más largos que los
europeos y muy llamativos por las luces. Marcas americanas
y japonesas. Allí estaba el gran Eduardo (compañero
mío en el anterior viaje a centroeuropa y hoy afincado
en PR) con su Ford
Focus esperándonos. Sin él no
podría haberse realizado un viaje de esta índole.
Eduardo nos llevó a casa de nuestros otros amigos,
Pedro y Teresa, en Isla Verde. En el corto trayecto desde
el aeropuerto a Isla verde
ya pude percatarme de lo terriblemente nefasta que es la
conducción allí (o sea, lo que ellos llaman
manejar). A pesar de un límite de velocidad escaso
(unos 80 Km/h) la conducción es peligrosa porque
no hay disciplina, no hay reglas: los intermitentes son
ornamentales (incluso hay coches que llevan los dos encendidos
y sin parpadeo), el carril izquierdo es para ir cómodo
y el que quiera adelantar se tiene que buscar la vida haciendo
slalom. La policía, en vez de ir despacito para controlar,
va a toda leche. En fin: debemos concentrarnos un 110% si
queremos evitar percances.
Tras
pasar un rato en casa de nuestros amigos fuimos al Wyndham
El San Juan Hotel a tomar una copichuela típica
bien fuera de la originaria Piña Colada o del famoso
Ron Don Q Limón. El hotel nos pareció bastante
lujoso y contaba con un casino.
Nos
acostamos a las 2,00 (hora local) tras 24 horas despiertos.
Dormimos en el que sería nuestro alojamiento durante
nuestra estancia: la casa de Eduardo. Ubicada en Río
Grande, a 30 km de San Juan. Se trata de un complejo hotelero
llamado The Westin
Río Mar, de esos con campos de golf,
hoteles, villas y playa privada. |
Llegada

Salida
a las 17,30

Aeropuerto
L. Muñoz Marín

Ford
Focus 2.0

Isla
Verde

El
San Juan Hotel
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Domingo, 15 de septiembre de 2002 |
1er
Día

ese
cruce

El
Patio de Sam

Plaza
de las Américas

Westin
Río Mar
|
Amanecimos
a las 12,00 y desayunamos tarta de manzana y magdalenas de
grosella en una cafetería cercana al Westin (nuestro
alojamiento) colindante, en un cruce, con una
gasolinera en la que pudimos comprobar el bajo precio del
combustible (0,30$ el litro de gasolina) lo que explica lo
ostentoso de los coches y el que no existan los turismos diésel.
Recuerdo ese
cruce por la imagen de país tercermundista
que ofrecía: carretera llena de hoyos, charcos, animales
sueltos, cables sujetos por postes a lo largo de la carretera,
vestimentas un tanto retro…
Luego
fuimos a un supermercado a hacer la compra y, de paso, seguir
descubriendo esas cosas que nos hacen sentir distintos a
los europeos de los americanos. Al entrar en el súper
quedó clara una cosa: alimentarse bien en aquel país
sale caro. Una dieta mediterránea rica en frutas
y verduras no sería viable para bolsillos modestos.
La variedad es aceptable pero no llega a la que pueda existir
en España.
Se nos
hizo tarde y no pudimos comer hasta pasadas las 16,00h.
El restaurante se llama “El
Patio de Sam” y lo recomiendo por su
buena relación calidad-precio. Está en el
Viejo San Juan, al lado de la estatua de Ponce de León.
Probamos platos típicos entre los que debo destacar
el mofongo.
Por
la tarde fuimos a la Plaza
de las Américas, gran centro comercial
que luego comentaré, donde tomamos café y
jugo de naranja en compañía de Pedro y Teresa.
Todo estaba “bien rico” pero siempre el mismo
inconveniente: tienen la manía de poner el aire acondicionado
3 veces más potente que en España lo cual
es molesto y más teniendo en cuenta lo caluroso y
húmedo del clima del exterior.
Por
la noche fuimos a Dumbar´s.
Era Domingo y allí acostumbran a ir de copas ese
día. El local está muy bien y es de los pocos
de estas características que podemos visitar en la
ciudad. Allí se puede cenar o simplemente tomar una
cerveza mientras tocan música en directo. Siempre
dudaré si los dos músicos que acompañaban
a la vocalista brasileña tocaba de verdad o hacían
que tocaban; el caso es que había una caja de ritmos
que reproducía el acompañamiento y aquello
parecía más un karaoke que otra cosa. La promoción
de esa noche era de Heineken; una botella de 33cl por 3$.
Y a eso lo llaman barato. Yo me decanté por un producto
de la tierra: cerveza Medalla. No está mal pero me
gustó más la Urkell de Praga, je ,je, jeee…
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| Lunes, 16 de septiembre de 2002 |
| Nuestro
primer día efectivo de turismo lo dedicamos a visitar
el Viejo
San Juan. Eduardo, haciendo gala de una buena
amistad, nos dejó su Ford Focus durante toda nuestra
estancia en la isla por lo que le estaré siempre
agradecido.
Había
leído algo sobre la historia de San Juan y en todas
las guías se decía que se podía visitar
en un día. Las dimensiones de la ciudad son reducidas
pero yo recomendaría verlo en dos días: uno
para un vistazo superficial caminando por esas calles, con
el encanto de las construcciones coloniales, la hospitalidad
de sus gentes y las visitas a algunos de sus edificios;
otro, para ver los puntos de más interés como
el fuerte de San Cristóbal, el fuerte de El Morro,
el Capitolio o la destilería de Bacardí.
Nuestro
itinerario partió de la Plaza
de Colón (presidida por la estatua del
susodicho cuyo tamaño era mayor que el resto de monumentos,
ostensiblemente más pequeños). Después,
la Fortificación de San
Cristóbal, desde la que apreciamos unas
excelentes vistas de la ciudad. A continuación nos
dimos un paseo hasta El
Morro, divisando entre tanto un suburbio marginal
que hay amedio camino. Desde allí pudimos ver las
fachadas del Parlamento y la Universidad. Luego fuimos a
la Plaza
de Ponce de León (con miniestatua del
mismo), a la Catedral y a la Plaza
de Armas (con gran cantidad de palomas a las
que los nativos parecen adorar pese a la mala fama que tienen
aquí por su condición de “ratas aéreas”).
Seguimos avanzando por pintorescas callejuelas y ahí
estaba. El McDonalds. Comimos en la franquicia por aquello
del ahorro y seguimos el resto de la tarde por aquellas
calles haciendo compras. Cuando nos quisimos dar cuenta
el sol nos había cogido bien y volvimos a casa rojitos.
A
las 19,00 habíamos regresado al Westin.
Ya era de noche y cociné tortilla (española,
por supuesto). Cenamos en compañía de Eduardo
y de otro español destinado allá: José
María, a quien cortamos el pelo con una de esas máquinas
que parecen esquiladoras pues allí ir a la peluquería
es very expensive (caro). Buenas risas nos echamos, previas
a unos cacharritos compuestos por Don Q y CocaCola. |
el
Viejo
San Juan

el
Viejo San Juan

Plaza
de Colón

Garita
del Diablo
(San Cristóbal)

Ponce
de León

Plaza
de Armas

El
Morro
|
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Martes, 17 de septiembre de 2002 |
Westin
Río Mar

Westin
Río Mar

Piscina
del Westin

Vista
desde la
terraza de la casa

Belz
Factory
|
Como
ya mencioné anteriormente, la casa donde dormíamos
está en Westin
Río Mar, complejo hotelero diseñado
para la comodidad y seguridad del turista y que recuerda un
poco a aquellas entrañables casitas de Melrose Place.
Piscinas, flora y fauna exóticas, cocoteros…
un paraíso. Parece suficiente para que ese Martes pensáramos
“¡para qué salir de aquí!”.
Esa mañana la dedicamos a playa y piscina.
La
playa del Westin está muy bien. Era la primera vez
que me bañaba en una playa de esas
con arena blanca rodeada de vegetación y adornada
con cocoteros y hamacas. El agua, azul turquesa. En aquella
extensión natural sólo habría tres
o cuatro personas más, a su bola. Era posible pasear
por la orilla sin la masificación propia de las playas
españolas.
Comimos
en casa. Eduardo se pudo escapar 45 minutos para ver con
nosotros el primer tiempo del partido de Champions League
que enfrentaba a nuestro Real Madrid y la Roma de Capello.
Como es lógico y natural ganamos 0 a 3.
Por
la tarde fuimos a Belz
Factory, un gran centro comercial lleno de
tiendas de Outlet, esto es, saldos, de concocidas marcas
como Ralph Lauren, Tommy, Levi´s o Timberland. A diferencia
del tinglao de Madrid llamado Factory, decir que aquello
sí que merece la pena. Al viajante aconsejo que vaya
a PR con una maleta vacía porque la llenará
con esos artículos.
La
cena consistió en algo que en PR es escaso y malo,
además de mal visto: el jamón serrano y el
lomo (ibéricos ambos) que logramos colar por la aduana
gracias a que iba laminado, envasado al vacío y oculto
en un libro. Aquello fue un show porque los pasillos del
aeropuerto estaban llenos de carteles que decían
algo así como “ayúdennos a combatir
la peste porcina de Europa”. Ellos se lo pierden.
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| Miércoles, 18 de septiembre de 2002 |
| Después
de ese Martes de descanso emprendimos excursión por
la autopista 22 hacia el Oeste con destino Camuy. Se trata
de una visita recomendada por las guías turísticas
en la que hay que ver las Cuevas
de Camuy y posteriormente el Observatorio
de Arecibo.
Las
autopistas más importantes de PR son la 22, que recorre
el Norte de Oeste a Este y la 52, que une las dos ciudades
más importantes del país: San Juan (al Norte)
y Ponce (al Sur). En consonancia con las malas infraestructuras
de PR, ambas autopistas son de escasa calidad, sobre todo
la 22. Al piso algo irregular se unen los continuos peajes
y el riguroso límite de velocidad lo que hace muy
difícil sacar medias de 60 km/h. Así, trayectos
de 130 km se convierten en odiseas de más de 2 horas.
El primer
lugar que visitamos fueron las Cuevas de Camuy. Un trenecito
naranja nos condujo hacia las profundidades de un frondoso
bosque. Allí estaba Cueva Clara, una amplia galería
de origen cárstico en la que dicen que cabría
El Morro (como un campo de fútbol, más o menos).
Destacan las miles de estalactitas (pendientes del techo);
también unas cuantas estalagmitas (emergentes del
suelo) entre las que hay alguna gigante. La cueva alberga
un río catalogado como el tercer río subterráneo
más caudaloso del mundo, que podemos divisar desde
los distintos sumideros.
De pronto
comenzó a llover. En PR cuando llueve, llueve de
verdad. La tormenta hizo que no pudiéramos concluir
la visita a otras cuevas. Nos limitamos a hacer fotos desde
unos miradores destinados al efecto, en la zona de Tres
Pueblos, y salimos del recinto cavernícola para tomar
un bocadillo y proseguir la excursión.
El Observatorio
de Arecibo es el más grande del mundo y ha sido escenario
de películas tan famosas como Goldeneye (James Bond,
enésima entrega). El lugar haría las delicias
de cualquier erudito en el tema astronómico pero
nosotros, dado nuestro desconocimiento y poco interés
en la materia, nos quedamos con pocos detalles tales como:
exposición de un meteorito real que se puede tocar,
un paisaje muy vistoso en el que las nubes se intercalan
con la vegetación de la montaña y la grandiosidad
de aquel artefacto con aspecto de antena parabólica
superhipermegagigante.
Volvimos
por donde habíamos venido: esas carreteruchas de
Dios a lo largo de las cuales estaban esas casitas castigadas
por los huracanes pero muy cucas por su colorido, con predominio
del rosa. Imagino que sería la moda de esa temporada. |
Camuy

Cuevas
de Camuy

Estalagmitas

Un trenecito
naranja nos condujo hacia las profundidades...

Observatorio
de Arecibo

Un
meteorito y Yo
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| Jueves, 19 de septiembre de 2002 |
Luquillo

Pueblo
de Luquillo

Playita
del pueblo.
Al fondo, tormenta
en el Yunque

Casa
de Eduardo
vista
desde la piscina

Interior
del centro
comercial
Plaza de las Américas
|
Día
de playa. 15 km al Este del Westin está el Balneario
de Luquillo. En el mismo pueblo de Luquillo hay
una playita con una pequeña zona donde pudimos disfrutar
de un agua bastante cristalina. Las aguas de PR, además,
tienen un bajo nivel de sal y están a una temperatura
muy agradable. Nos gustó más aún que
la playa del Westin y fue curioso un hecho: el sol iluminaba
la zona de baño mientras a escasos metros estaba el
bosque
de El Yunque con un nubarrón negro encima
soltando una gran tormenta que no quiso acercarse a nosotros
respetando nuestro cálido baño.
Antes de comer
nos bañamos en la piscina
del Westin tomando un aperitivo in situ.
Tras una breve
siesta fuimos por la tarde a la Plaza
de las Américas, aquel centro comercial
en el que días atrás habíamos tomado
café y jugo de naranja.. Se trata del Centro Comercial
más grande del Caribe y cuenta con todos los lujos
imaginables. Paseamos por sus tiendas con la inevitable
curiosidad que despierta el hecho de visitar un lugar tan
distinto a lo que conocemos en Europa. Allí estaban
las tiendas más conocidas del mundo, incluida Zara
y los almacenes propios del continente americano como Sears,
J.C.Penney o Macy´s (equivalente a El Corte Inglés
americano). La decoración me pareció sublime,
los precios elevados y la luminosidad y limpieza magníficas.
Además de esto, frío; mucho frío. Hasta
el punto de que los visitantes acuden con prendas de abrigo
para resguardarse del castigo que supone un aire acondicionado,
como dije anteriormente, tres veces más fuerte de
lo que debiera. La parte de arriba estaba llena de personas,
a eso de ls 19,00 h, cenando en los distintos locales de
fast-food (comida rápida).
Volvimos a Río
Grande un poco más tarde que otros días para
evitar encontrarnos con el tráfico que colapsa las
carreteras desde las 18,30 hasta las 20,30 por ser ese intervalo
de tiempo el de salida de trabajos.
La cena consistió
en una sopa naranja que me inventé, ensalada, tortilla
española y de postre probamos el mango que está
bastante rico (lo hay en España también).
Lo que sobrara serviría de comida para la excursión
del día siguiente.
Para finalizar
el día, cacharrito de Don Q con Eduardo y a dormir.
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| Viernes, 20 de septiembre de 2002 |
| Viaje
de Norte a Sur rumbo a la segunda ciudad de PR: Ponce
(según ellos, Ponse). A priori sabíamos que
es rica en museos y que tiene una plaza central muy bonita
con la Catedral de Guadalupe y el Parque de Bombas (bomberos).
También habíamos oído que no merece la
pena pegarse la paliza de tantos kms para lo que hay que ver.
No estoy de acuerdo en esto último.
La
autopista 52 nos condujo, tras numerosos peajes, al Sur
de la isla. El primer punto a visitar fue el Centro
Ceremonial Indígena de Tibes; un poblado
que en su día habitaran los indios Taínos,
primeros pobladores de PR muchos años antes de que
los españoles llegaran. Allí nos dejaron ver
un museo, pusieron un video, como es costumbre en todas
las visitas que hicimos, y nos llevaron al poblado en el
que pudimos pasear entre unas réplicas de las chozas
en las que vivían mientras el guía nos comentaba
el modo de vida de aquellas gentes. Entre otras cosas, nos
dijo que aplastaban
la frente a los bebés con una tabla que durante una
temporada estaba amarrada con cuerdas al cráneo,
con el fin de dar un toque aerodinámico al mismo,
lo que consideraban un toque de belleza masculina. El jefe
de la tribu se llamaba Cacique y cuando moría era
enterrado en posición fetal porque pensaban que existía
una reencarnación inmediata. Junto a él, se
enterraba viva a su mujer preferida la cual se sentía
honrada por este hecho. Los indígenas practicaban
deportes con un balón muy pesado hecho con vegetación.
Comimos
rápidamente para llegar pronto a Ponce.
Como dije antes, no estoy de acuerdo con eso de que no merece
la pena. Ponce tiene un encanto especial y recuerda a esos
pueblos de los cuentos por el colorido de sus casas coloniales,
los edificios con cuidadas fachadas y la limpieza de sus
calles. Además, apuntar la hospitalidad de sus gentes
y lo asequible de su nivel de vida. Un carruaje
tirado por un caballo nos dio una vuelta por la ciudad:
vimos la Catedral,
el Parque
de Bombas (al lado de la misma y que no pega
ni con cola por esos colores diabólicos que contrastan
con el azul celestial de la iglesia), los museos y los monumentos
nuevos que habían hecho. Obsequié con una
generosa propina al ponceño que condujo por su amabilidad
y porque me extrañó que por primera vez en
nuestra estancia, hubiera algo gratuito en PR.
Después
nos dirigimos al Castillo
Serrallés. No pudo ser en el Trolley
pero el coger nos indicó cómo llegar. No se
trata de un castillo propiamente dicho. Es una mansión
ubicada en la cima de un monte desde el cual se divisa todo
Ponce. La Cruceta
del Vigía es una inmensa cruz que gobierna
el paisaje y está al lado del Castillo. Lo construyó
una familia catalana hacia 1930; los Serrallés, quienes
se afincaron en la isla y fundaron el Ron
Don Q. La construcción cuenta con un
patio
andaluz gobernado por bonita fuente que es
centro de los lujosos aposentos cuyo suelo es de parquet,
cosa que parecía admirar a los allí presentes.
Un ascensor de la marca Otis (con recorrido de los 100 pies
que tiene la mansión) es otro de los detalles curiosos
junto con los muros de sillería o las vidrieras en
las ventanas.
Al
volver al pueblo, repusimos fuerzas con unos ricos y baratos
helados artesanales de frutas exóticas. Elegimos
uno de Tamarindo y otro de Parcha. |
Ponce

Centro
Ceremonial
Indígena de Tibes

Catedral
de Guadalupe

Parque
de Bombas

Carruaje
que nos
enseñó la ciudad

Casa
Serrallés

Patio
Andaluz
de la Casa

Cruceta
del Vigía

Ciudad
de Ponce
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Sábado, 21 de septiembre de 2002 |
Isla
Culebra

El
Ferry salía de
Fajardo

Llegada
a la Isla

Playa
Flamenco

Tanque
abandonado

Aguas
Cristalinas
|
Por
fin llegó el wekeend y Eduardo, por cortesía
de su empresa, quedó libre Sábado y Domingo,
lo que aprovechamos para cumplir una de nuestras excursiones
favoritas: la Isla
Culebra, calificada por más de uno como
un “paraíso dentro del paraíso”
Fuimos a Fajardo (ellos dicen Fahaldo) donde dejaríamos
el coche para coger el
barco (ferry) que nos transportaría
en 1 h y 20 minutos a la Isla Culebra. La espera para subir
a la nave fue demencial: Ahí estaba toda esa gente
parada amontonada frente a la puerta con maletas, neveras,
niños pequeños y cosas varias esperando a
que se abrieran los accesos. Tuvimos suerte y no esperamos
cola para comprar los billetes (boletos dicen allí)
pues un joven nos ofreció 3 que le sobraban al mismo
precio, 2,25.
El trayecto no es muy atractivo que digamos
pues el diseño del barco no es para su disfrute y
tiene poca visibilidad. Al llegar a la isla hay varios taxistas
a la caza del turista. Por 2 $ te trasladan a la
Playa Flamenco, la más conocida
de la isla y, por tanto, aceptamos gustosos. Efectivamente
al llegar a aquel lugar corroboramos aquello de “un
paraíso dentro de un paraíso“. La arena
más blanca, si cabe, que la vimos días atrás,
el agua más transparente, si cabe, que la de Luquillo,
el efecto óptico de la escala de azules reflejada
en el mar, maravilloso. A quién le guste el baño,
una meca y a quién no le guste, le gustará.
En esa playa vimos dos tanques
abandonados, desconozco el motivo pero me parece anecdótico
y por los alrededores la gente acampaba con todo ese equipamiento
que transportaban en el barco. Los lugareños acostumbran
a pasar allí todo el fin de semana pero nosotros
teníamos mucho que ver en Puerto Rico por lo que
volvimos en el barco de las 16,30 llegando a casa, entre
unas cosas y otras, a las 19.
Era de noche, preparamos la cena con intención
de salir por el viejo San Juan nocturno pero nos dio pereza
y preferimos descansar y reponer fuerzas para desplazarnos
desde el Noreste de la isla, donde estábamos, hacía
el Suroeste. Al día siguiente nos esperaba Cabo Rojo,
La Parguera, San Germán y Ponce.
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| Domingo, 22 de septiembre de 2002 |
| Nos
levantamos pronto y cogimos la 3 dirección oeste para
enlazar con la 1 y coger la 56 con destino Ponce y así
movernos por la zona Sur. El primer lugar donde paramos fue
la Parguera.
Nos sorprendió lo animado de aquél lugar en
el que puedes negociar con los barqueros y la posibilidad
de que te acerquen a un islote desierto con una playa paradisíaca
así como la visita a la cercana Bahía Luminiscente
a la que hay que ir de noche para contemplar los efectos luminosos
que unos insectos acuáticos generan. Esta opción
es la que apalabramos para volver al anochecer.
Tras
esta parada, nos dirigimos a Cabo
Rojo: un cabo situado en la esquina suroeste
de la isla en la que se puede disfrutar de una vista espectacular.
Cuenta con un faro construido por los españoles que
en aquél momento estaba rodeado de andamios pues
lo están rehabilitando. Al lado del cabo hay una
playa en la que no nos bañamos pero prometía.
Fuimos a comer a un Burguer King pues el McDonalds ya lo
habíamos probado. Al pedir mostaza la dependienta
puso cara de extrañeza, como si en una heladería
pides jamón serrano; nos amoldamos a sus costumbres
y no insistimos. También visitamos Boquerón
y su Balneario (playa pública) el agua es azulita
pero no tiene la claridad de Luquillo o Culebra.
Por
la tarde fuimos a un pueblo llamado San
Germán, el segundo núcleo urbano
creado por los españoles en PR, en el que Eduardo
se percató de un detalle: había pocos habitantes
y no eran tan pardos como los puertorriqueños de
San Juan.
En
San Germán destaca una amplia avenida con un bulevar
que nos conduce a la Iglesia de Porta Coeli. Las construcciones
de estilo colonial translucen la influencia española
de hace 400 años. Por fin hice una foto a una de
esas curiosas señales de STOP.
Para
hacer tiempo mientras llegaba la noche, nos acercamos a
Ponce, pero a la zona de playa en la que encontramos un
buen ambiente y un paseo de tablas de madera llamado “La
Guancha”, un lugar en el que los peces
se acercan a comer lo que los transeúntes les echan,
normalmente peces más pequeños que vende un
individuo y que echan una peste insoportable. Aquella playa,
a diferencia de las mencionadas antes, nos gustó
menos pues a pesar de ser caribeña tiene unas aguas
más bravas que lo que habíamos visto en el
Atlántico.
Llegó
la noche y volvimos a la barquera. Un barco nos acerca a
la Bahía
Luminiscente. Tuvimos la mala suerte de que
había luna llena con lo que el efecto luminoso del
agua lo vimos con bastante dificultad. Además la
gran presencia de barcos y turistas están acabando
con el ecosistema. Se recomienda ir a la Isla Vieques o
a Fajardo a ser posible con poca luna pues dicen que las
luminiscencias son más espectaculares.
|
La
Parguera

La
Parguera

Cabo
Rojo

Cabo
Rojo

Playa
Boquerón

San
germán

Señal
de Stop

La
Guancha
|
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| Lunes, 23 de septiembre de 2002 |
Despedida

Nos
despedimos
del Coquí

Lluvia
Torrencial
|
Todo
lo que empieza, debe acabar. El Boeing 747 de IBERIA saldría
a las 19,40, con destino Madrid. Acudimos a las 10,00 con
el fin de reservar mejores asientos y el personal de Iberia
no estaba en su puesto de trabajo. Decidimos volver más
tarde. Para hacer tiempo nos acercamos a San Juan para hacer
comparas de última hora, tirar las últimas
fotos y despedirnos del coquí. Volvimos al aeropuerto
y más de lo mismo: los empleados de Iberia estaban
ausentes de su puesto por lo que desistimos de nuestro intento
volviendo al Westin para hacer las maletas.
La que estaba cayendo: una lluvia tropical de las de verdad.
No nos dio tiempo a comer, fuimos a buscar a Eduardo al
trabajo y él nos acercó al aeropuerto donde
tomaríamos un bocadillo a las 18,00. Así como
la salida de Madrid tuvo retraso, el retorno se adelantó:
a las 19,30 estaba el avión con todos los pasajeros
y despegó con 10 minutos de adelanto llegando a Madrid
en 7 horas, o sea, a las 8,30 del día siguiente (hora
de Madrid).
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Martes, 24 de septiembre de 2002
Hala Madrid!!!
Llegada a Madrid. Vuelta al estrés, a los atascos, a la ciudad
de la gente malumorada y carente de sentido del humor.
Vuelta al día a día. A ver las caras largas de los
cuatro amargados de todos los días y a aguantar la prepotencia
y el papanatismo más atroz.
Madrid, calidad de vida... |
volver
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