| Domingo,
22 de septiembre de 2002
Nos
levantamos pronto y cogimos la 3 dirección oeste para enlazar
con la 1 y coger la 56 con destino Ponce y así movernos
por la zona Sur. El primer lugar donde paramos fue la
Parguera.
Nos sorprendió lo animado de aquél lugar en el que
puedes negociar con los barqueros y la posibilidad de que te acerquen
a un islote desierto con una playa paradisíaca así
como la visita a la cercana Bahía Luminiscente a la que
hay que ir de noche para contemplar los efectos luminosos que
unos insectos acuáticos generan. Esta opción es
la que apalabramos para volver al anochecer.
Tras
esta parada, nos dirigimos a Cabo
Rojo: un cabo situado en la esquina suroeste de la
isla en la que se puede disfrutar de una vista espectacular. Cuenta
con un faro construido por los españoles que en aquél
momento estaba rodeado de andamios pues lo están rehabilitando.
Al lado del cabo hay una playa en la que no nos bañamos
pero prometía. Fuimos a comer a un Burguer King pues el
McDonalds ya lo habíamos probado. Al pedir mostaza la dependienta
puso cara de extrañeza, como si en una heladería
pides jamón serrano; nos amoldamos a sus costumbres y no
insistimos. También visitamos Boquerón
y su Balneario (playa pública) el agua es azulita pero
no tiene la claridad de Luquillo o Culebra.
Por
la tarde fuimos a un pueblo llamado San
Germán, el segundo núcleo urbano creado
por los españoles en PR, en el que Eduardo se percató
de un detalle: había pocos habitantes y no eran tan pardos
como los puertorriqueños de San Juan.
En
San Germán destaca una amplia avenida con un bulevar que
nos conduce a la Iglesia de Porta Coeli. Las construcciones de
estilo colonial translucen la influencia española de hace
400 años. Por fin hice una foto a una de esas curiosas
señales de STOP.
Para
hacer tiempo mientras llegaba la noche, nos acercamos a Ponce,
pero a la zona de playa en la que encontramos un buen ambiente
y un paseo de tablas de madera llamado “La
Guancha”, un lugar en el que los peces se acercan
a comer lo que los transeúntes les echan, normalmente peces
más pequeños que vende un individuo y que echan
una peste insoportable. Aquella playa, a diferencia de las mencionadas
antes, nos gustó menos pues a pesar de ser caribeña
tiene unas aguas más bravas que lo que habíamos
visto en el Atlántico.
Llegó
la noche y volvimos a la barquera. Un barco nos acerca a la Bahía
Luminiscente. Tuvimos la mala suerte de que había
luna llena con lo que el efecto luminoso del agua lo vimos con
bastante dificultad. Además la gran presencia de barcos
y turistas están acabando con el ecosistema. Se recomienda
ir a la Isla Vieques o a Fajardo a ser posible con poca luna pues
dicen que las luminiscencias son más espectaculares.
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