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Viernes, 20 de septiembre de 2002

Viaje de Norte a Sur rumbo a la segunda ciudad de PR: Ponce (según ellos, Ponse). A priori sabíamos que es rica en museos y que tiene una plaza central muy bonita con la Catedral de Guadalupe y el Parque de Bombas (bomberos). También habíamos oído que no merece la pena pegarse la paliza de tantos kms para lo que hay que ver. No estoy de acuerdo en esto último.

La autopista 52 nos condujo, tras numerosos peajes, al Sur de la isla. El primer punto a visitar fue el Centro Ceremonial Indígena de Tibes; un poblado que en su día habitaran los indios Taínos, primeros pobladores de PR muchos años antes de que los españoles llegaran. Allí nos dejaron ver un museo, pusieron un video, como es costumbre en todas las visitas que hicimos, y nos llevaron al poblado en el que pudimos pasear entre unas réplicas de las chozas en las que vivían mientras el guía nos comentaba el modo de vida de aquellas gentes. Entre otras cosas, nos dijo que aplastaban la frente a los bebés con una tabla que durante una temporada estaba amarrada con cuerdas al cráneo, con el fin de dar un toque aerodinámico al mismo, lo que consideraban un toque de belleza masculina. El jefe de la tribu se llamaba Cacique y cuando moría era enterrado en posición fetal porque pensaban que existía una reencarnación inmediata. Junto a él, se enterraba viva a su mujer preferida la cual se sentía honrada por este hecho. Los indígenas practicaban deportes con un balón muy pesado hecho con vegetación.

Comimos rápidamente para llegar pronto a Ponce. Como dije antes, no estoy de acuerdo con eso de que no merece la pena. Ponce tiene un encanto especial y recuerda a esos pueblos de los cuentos por el colorido de sus casas coloniales, los edificios con cuidadas fachadas y la limpieza de sus calles. Además, apuntar la hospitalidad de sus gentes y lo asequible de su nivel de vida. Un carruaje tirado por un caballo nos dio una vuelta por la ciudad: vimos la Catedral, el Parque de Bombas (al lado de la misma y que no pega ni con cola por esos colores diabólicos que contrastan con el azul celestial de la iglesia), los museos y los monumentos nuevos que habían hecho. Obsequié con una generosa propina al ponceño que condujo por su amabilidad y porque me extrañó que por primera vez en nuestra estancia, hubiera algo gratuito en PR.

Después nos dirigimos al Castillo Serrallés. No pudo ser en el Trolley pero el coger nos indicó cómo llegar. No se trata de un castillo propiamente dicho. Es una mansión ubicada en la cima de un monte desde el cual se divisa todo Ponce. La Cruceta del Vigía es una inmensa cruz (100 pies de alto) que gobierna el paisaje y está al lado del Castillo. Lo construyó una familia catalana hacia 1930; los Serrallés, quienes se afincaron en la isla y fundaron el Ron Don Q. La construcción cuenta con un patio andaluz gobernado por bonita fuente que es centro de los lujosos aposentos cuyo suelo es de parquet, cosa que parecía admirar a los allí presentes. Un ascensor de la marca Otis es otro de los detalles curiosos junto con los muros de sillería o las vidrieras en las ventanas.

Al volver al pueblo, repusimos fuerzas con unos ricos y baratos helados artesanales de frutas exóticas. Elegimos uno de Tamarindo y otro de Parcha.

 

 

Ponce


Centro Ceremonial
Indígena de Tibes


Catedral de Guadalupe


Parque de Bombas


Carruaje que nos
enseñó la ciudad


Casa Serrallés


Patio Andaluz
de la Casa


Cruceta del Vigía


Ciudad de Ponce


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