Miércoles,
18 de septiembre de 2002
Después
de ese Martes de descanso emprendimos excursión por la
autopista 22 hacia el Oeste con destino Camuy. Se trata de una
visita recomendada por las guías turísticas en la
que hay que ver las Cuevas
de Camuy y posteriormente el Observatorio
de Arecibo.
Las
autopistas más importantes de PR son la 22, que recorre
el Norte de Oeste a Este y la 52, que une las dos ciudades más
importantes del país: San Juan (al Norte) y Ponce (al Sur).
En consonancia con las malas infraestructuras de PR, ambas autopistas
son de escasa calidad, sobre todo la 22. Al piso algo irregular
se unen los continuos peajes y el riguroso límite de velocidad
lo que hace muy difícil sacar medias de 60 km/h. Así,
trayectos de 130 km se convierten en odiseas de más de
2 horas.
El primer
lugar que visitamos fueron las Cuevas de Camuy. Un trenecito naranja
nos condujo hacia las profundidades de un frondoso bosque. Allí
estaba Cueva Clara, una amplia galería de origen cárstico
en la que dicen que cabría El Morro (como un campo de fútbol,
más o menos). Destacan las miles de estalactitas (pendientes
del techo); también unas cuantas estalagmitas (emergentes
del suelo) entre las que hay alguna gigante. La cueva alberga
un río catalogado como el tercer río subterráneo
más caudaloso del mundo, que podemos divisar desde los
distintos sumideros.
De pronto
comenzó a llover. En PR cuando llueve, llueve de verdad.
La tormenta hizo que no pudiéramos concluir la visita a
otras cuevas. Nos limitamos a hacer fotos desde unos miradores
destinados al efecto, en la zona de Tres Pueblos, y salimos del
recinto cavernícola para tomar un bocadillo y proseguir
la excursión.
El Observatorio
de Arecibo es el más grande del mundo y ha sido escenario
de películas tan famosas como Goldeneye (James Bond, enésima
entrega). El lugar haría las delicias de cualquier erudito
en el tema astronómico pero nosotros, dado nuestro desconocimiento
y poco interés en la materia, nos quedamos con pocos detalles
tales como: exposición de un meteorito real que se puede
tocar, un paisaje muy vistoso en el que las nubes se intercalan
con la vegetación de la montaña y la grandiosidad
de aquel artefacto con aspecto de antena parabólica superhipermegagigante.
Volvimos por
donde habíamos venido: esas carreteruchas de Dios a lo
largo de las cuales estaban esas casitas castigadas por los huracanes
pero muy cucas por su colorido, con predominio del rosa. Imagino
que sería la moda de esa temporada.
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