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Si has nacido entre 1965 y 1980 perteneces a la generación de los desgraciados. Educado con unas directrices totalmente erróneas, te viste obligado a asociar el éxito en los estudios con el éxito en la vida. El problema es que durante los años 50 y 60 el hecho de estudiar una carrera sí era sinónimo de éxito profesional pero no olvidemos que el mercado laboral es éso: un mercado, y cuando hay exceso de oferta de licenciados, los licenciados no valen nada. En efecto, cuando los de la "generación de los desgraciaos" íbamos al colegio allí distinguíamos dos grupos: los buenos y los malos, o sea, los que sacaban buenas notas y los que lo cateaban todo menos gimnasia y religión. El profesor normalmente mostraba una especial predilección hacia el primer grupo y marginaba al grupo de los malos a quienes luego en sus respectivos hogares seguían machacando moralemente con recriminaciones y castigos. El resultado final era que el que valía iría a la Universidad y el que no valía quedaba relegado a la FP que era como una especie de purgatorio para los torpes.
Pero dicen que la naturaleza es sabia y resulta que ésos que de pequeños fueron marginados y castigados aprendieron más que los acomodados y protegidos. Aprendieron una cosa que es muy positiva para tener éxito: la picaresca, la habilidad para "sacarse las castañas del fuego". Si a ello unimos la coyuntura del mercado laboral en el momento en que la generación de los desgraciaos se ha incorporado a él, el reultado es que para cada puesto de abogado hay 20 licenciados batiéndose el cobre para conseguirlo mientras que para realizar una obra en casa, por ejemplo, hay que ponerse en lista de espera porque casi no hay fontaneros y, cuando logras que te atiendan, te extienden una factura* en la que te das cuenta de que ese tipo ha ganado en 4 horas lo que tú ganas en 2 días. (* el asterisco es porque factura, lo que se dice factura, no te hace ya que a las dos partes inetresa: el cliente no paga el IVA y él se lleva el dinero limpio sin tener que compartir con la hacienda pública, es decir que lo que cobra no soporta impuestos al contario de lo que nos ocurre a los que tenemos una nómina). Y el caso es que la cara del fontanero te suena... "¿no serás tú Manolo Cicuéndez?" -le preguntas pues sospechas que pueda ser el gamberrete ese del cole que se sentaba en la última fila y casi siempre hacía pellas-, la respuesta es afirmativa y comenzáis a hablar del pasado... él no para de hablar, se le ve un tío feliz aunque dice lamentar el hecho de no haber pertenecido nunca al grupo de los buenos, mientras tú haces que escuchas y piensas "qué gilipollas fui todas esas tardes que me pasaba delante de un libro mientras éste ya tenía un pie en el mundo real y hoy ya es todo un veterano de ese mundo, el real, en el cual yo no termino de adaptarme". No obstante, te felicita por tu licenciatura y te dice "Me han dicho de que eres economista. No si ya sabía yo que tú llegarías lejos"... Y te tienes que callar y no desvelar que ganas 3 veces menos que él. Y es que el orgullo, es el orgullo.
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